Cuando nace un niño, también nace una mamá

Por: Cecilia Asturias

Mi esposo y yo nos casamos hace casi un año y nos mudamos a un apartamento de un cuarto, en un tercer nivel, sin elevador. Teníamos siete semanas de casados cuando nos enteramos que seríamos padres de Fernando. Fer pasó a este lado de la piel el 22 de enero, por una cesárea que no era de emergencia, pero que no teníamos programada hasta 16 horas antes. Los nueve meses nos habían dado tiempo de prepararnos considerablemente para un parto natural, desde la teoría de las respiraciones para controlar el dolor de las contracciones, hasta la decisión de que nos quedaríamos en nuestra casa, y que visitas frecuentes de mi mamá serían suficiente apoyo.

Los primeros tres días estuvimos en el hospital y fue motivo de alegría recibir tantas visitas. Fer era un bebé muy esperado por muchos amigos. No cambiamos un solo pañal hasta el último día, que nos fuimos atrás de la enfermera a la sala cuna para aprender a hacerlo. La herida de la cesárea, pues dolía lo que esperaba que doliera. Lógico, ¿no? Ni había salido del hospital. La lactancia, una belleza, ¿cuál dolor?, decía yo. Pocos días después, comprendí que había sido una cortesía de la morfina. Algo así como un regalito de bienvenida a la lactancia materna exclusiva. Regresamos a la casa aún cargados de oxitocina, la hormona que interviene en el momento del parto y que facilita la lactancia. También responsable de disminuir la sensación de miedo y estrés y aumentar la de relajación y bienestar, hacía que sintiera “mariposas en el estómago” cada vez que veía a Fer.

Sin embargo, pronto pasaría el efecto de la morfina y otros analgésicos y, llegando a la casa, habríamos de subirnos a este tren de la paternidad, que, una vez arranca, no se detiene a esperar a que te acomodes.

Fernando es el primer sobrino en mi familia, el primer nieto, el primer bisnieto. El primer bebé entre mis amigas. Y yo, que soy una persona práctica y racional, empecé a inundarme de dudas en los primeros días. ¿Acostumbrarlo a su cuna o colecho? ¿Lactancia materna exclusiva porque es lo mejor para él o alternar con fórmula porque uno de mamá también tiene que “estar bien”? ¿Pepe o dedo? ¿Portear o dejarlo en su columpio? ¿Esta marca de pañales o esta otra? ¿Té de alucema o té de anís? Cada duda encontraba decenas de páginas, testimonios, opiniones y consejos en redes sociales, de mamás que no conocía.

Por si fuera poco, desde el cuarto día después del parto, a mí me sobrecogía una tristeza absoluta e inexplicable a partir de las cinco de la tarde. La herida de la cesárea no me permitía estar de pie los minutos que toma cambiar un pañal y la lactancia venía con un dolor que no hubiera imaginado. Unos días después, estábamos instalándonos en la casa de mis papás, pues mi esposo debía regresar a trabajar pronto y yo necesitaba la ayuda.

La maternidad es como una de esas películas de acción, en la que el protagonista recibe un golpe en la cabeza y despierta con una nueva identidad. Y, a pesar de que uno tiene un vago recuerdo de cómo era la vida antes de este “suceso”, todo se ve con otros ojos. Es la misma casa, pero ahora este es el rinconcito para el baño de sol y tal otro es donde vamos a poner el corral. Es el mismo esposo, pero ahora, más que nunca, es compañero. Antes la complicidad era un gusto, ahora es necesaria. Es el mismo cuerpo, pero ha pasado por tanto desde hace tantos meses (y de forma tan espectacular), que es difícil creer que alguna vez tuvo otro propósito que no fuera dar vida.

Pues en estas circunstancias, yo me sentía más sola que nunca. Y en estas semanas en la casa de mis papás, mi vida estuvo como en una pausa, en la que las “cookies” de las redes sociales tuvieron la bondad de saturarme de más consejos, más datos, más testimonios… Sin embargo, la tecnología también me permitió recibir mensajes cariñosos de muchísimas personas, que me escribían directamente o le preguntaban a mi esposo por mí. Al principio, contestaba con mucha cortesía, pues no eran las amigas cercanas con quienes estaba acostumbrada a compartir estas intimidades. Les describía lo feliz que estaba (o que sentía que debía estar). Un día recibí un saludo de una compañera del trabajo: “¿Cómo vas con los baby blues?”. No sabía a qué se refería y rápidamente googleé el término. Se trata de una forma leve de depresión posparto, que le da a cuatro de cada cinco mamás (aunque uno no lo escuche de cuatro de cada cinco mamás). Ahí estaba, esos eran mis episodios de cada tarde. Tristeza, ansiedad, irritabilidad, fatiga, impaciencia, falta de concentración… cumplía con estos y el resto de criterios. Sentí una especie de alivio, pues esto que sentía sí “existía”. Y si ella me estaba preguntando, es porque ella probablemente lo había vivido. Me sorprendí contestándole con franqueza. Y a la próxima que me preguntó cómo iba, le conté de los retos que estaba teniendo con la lactancia. Me contó que ella lamentaba haberse rendido al sentirse así y me animó a seguir. Con la siguiente persona platiqué del desvelo y a otra le pregunté por la cesárea. Y así empecé a abrirle la puerta a estas nuevas amigas. Digo nuevas, pues recién estaba empezando a compartir con este lado suyo. Entendí que todas estas mamás me estaban preguntando cómo estaba porque realmente querían saber, me estaban ofreciendo ayuda porque saben que uno la necesita.

Esto pasó hace algunas semanas, pero probablemente en unos años no recuerde quién me preguntó qué. Pero recordaré que era cierto, que cuando nace un bebé, nace una madre también. Y como mi hijo, también yo encontré una Iglesia con los brazos abiertos para recibirme. Todas estas mamás y papás, que nos tendieron la mano, son la Iglesia. Mis propios papás, que nos recibieron y abrazaron en su casa, son la Iglesia. Mi mamá, que me amó con ternura, para que yo pudiera amar completamente a mi hijo, es la Iglesia. Recordaré la compasión y la empatía que estos amigos y familiares me mostraron, que fueron el vivísimo rostro de María Madre, que me ha tomado de su mano desde esa semana que recibimos la noticia de la llegada de Fernando. Recordaré que al sentir la calidez, franqueza y disposición con la que se acercaron a mí, también me animaron a ser Iglesia para otros padres. Que tal vez no les puedo ofrecer la experiencia que tienen todos los profesionales que yo sigo en redes sociales, ni la experiencia que tienen padres de más hijos o de hijos con más edad, pero que calidez, franqueza y disposición fue todo lo que yo necesité para encontrarme de nuevo. Para conocer esta nueva identidad con la que hace ocho semanas me desperté.

La Iglesia no es el templo, sino su gente. Es sus relaciones, su cercanía, su presencia en los momentos más trascendentales de la persona. En nuestro caso, han sido los amigos, los familiares, pero también la cara más conocida de la Iglesia: la Eucaristía, la Palabra, sus sacerdotes y, especialmente, sus movimientos de laicos. Hemos visto las palabras de San Juan Pablo II cumplirse en nuestro matrimonio: “de manera especial [la Iglesia] se dirige a los jóvenes…ayudándoles a descubrir la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida.” (Familiaris Consortio) Hoy, este blog, pretende ser el rostro amoroso de la Iglesia, que se acerca a los padres de familia y les ayuda a descubrir la grandeza de su vocación. La invitación es a responder con más franqueza y con menos “cortesía”. La cortesía es para los desconocidos, no para la familia. Solo así, seremos el fuego vivo de la Iglesia fundada por Jesús e iluminada por el Espíritu Santo hasta estos días.

Marzo es un mes especial para nosotros. Celebramos nuestro primer aniversario. Este mes regresamos a nuestra casa. En marzo, Fer cumple dos meses de nacido y nosotros once meses de ser papás. A pesar de que solo han pasado ocho semanas, con mi esposo nos reímos de las primeras como si se tratara de hace años. No hubiera imaginado que me acomodaría en este tren de la maternidad tan pronto. He encontrado un lugar desde el que disfruto cada día de mi nueva identidad. Estamos conociendo y entendiendo a Fer, desde nuestros aciertos y errores. Me gozo ver a mi esposo ser papá y ser equipo a su lado. Escojo estar presente, con mi mente y mi corazón, en cada momento. He hecho de mi jaculatoria “María, enséñame a guardar este momento en mi corazón”. Son ocho semanitas y Fer ya dejó el primer pantaloncito y, con él, retos y gracias que ya no volverán. El cordón umbilical, el primer corte de uñas, el primer baño, la primera noche que durmió ocho horas, el primer paseo, su primera Misa, la primera risita… La maternidad es un tren que uno aborda casi sobre la marcha, que no se detiene a esperar a que uno se acomode. Es mi oración, hoy que celebramos el Día Internacional del Niño por Nacer, que haya padres dispuestos y deseosos de subirse a este tren, de tener un encuentro auténtico con los pasajeros a su lado y de descubrir la grandeza y belleza del asiento que ocupan.