Mi Encuentro en el Silencio

Por: Analucía Almengor de León

Hace un par días me desperté con la sensación de que ha pasado una eternidad desde la última vez que salí a la calle sin miedo, vi el calendario y me di cuenta que recién se cumplió un mes. La primera semana fue fácil, necesitaba un descanso de las levantadas temprano, de las dos horas en el tráfico, de la prisa y el ruido constante… pero una semana fue suficiente. Luego de eso empecé a experimentar algo que hasta hoy no he logrado entender.

Pensé que lo más complicado sería la convivencia con mi familia ya que en mucho tiempo, por diversas razones, no habíamos podido coincidir en casa más de un par de horas al día. Sin embargo, mi sorpresa fue otra, resultó que después de tantos años la única persona a la que no reconozco y con la que no puedo conectarme soy yo misma. Esto me ha hecho enfrentarme a ideas que nunca antes habían pasado por mi mente.

Recordé las veces que, en mi curso prematrimonial, escuché sobre aquellos matrimonios que en un principio fueron sumamente felices, pero con el paso de los años fueron enfocando su atención en tantas cosas que, 20 años después, cuando el ritmo de vida se desacelera o los hijos se van de casa, se encuentran conviviendo con un extraño. Se dan cuenta de que ya no se conocen, que no tienen la misma conexión y que ahora comparten pocas cosas en común.

De repente entendí que ese alejamiento no sucede solo entre las parejas, también puede suceder a nivel personal. Pasamos la vida distraídos por el ruido de afuera y nos separamos tanto de nuestro interior que, cuando estamos obligados a estar solos, en la tranquilidad y el silencio, ya no nos reconocemos. Y darnos cuenta de esto puede ser sobrecogedor.

En nuestra relación con el exterior estamos constantemente enfocados en cosas que de alguna manera nos van moldeando y van modificando nuestro comportamiento a través de los años, muchos de estos cambios probablemente pasen desapercibidos. Mejorar la relación que tenemos con nuestro interior es algo que no podemos dejar de lado, es importante que tomemos un momento para entender los aspectos internos de nuestra manera de sentir, pensar y actuar.

Las circunstancias actuales nos obligan a detenernos y lo mejor que podemos hacer es sacar el mayor provecho de este momento. Este silencio se presenta como una oportunidad para encontrarnos de frente con nosotros mismos. Santa Teresa de Calcuta decía que Dios es amigo del silencio y que no podemos encontrarlo en el ruido y la inquietud, que necesitamos del silencio para poder tocar almas.

Es precisamente ahí donde encontramos a Dios que también nos encontramos con nosotros: en el silencio, en la pausa, en la quietud. ¿A cuántos de nosotros nos tomó por sorpresa este encuentro repentino y obligatorio con nosotros mismos? ¿Hace cuánto tiempo que no tocamos nuestra propia alma? Tomemos esta oportunidad para encontrarnos nuevamente y reconocernos. Entendiendo que, como seres humanos, estamos en constante cambio nos puede sorprender mucho lo que podamos descubrir.