Y el coronavirus...¿para qué?

Por: José Manuel Menegazzo

Hace no muchos días atrás, amanecía y ya íbamos contra el tiempo, estábamos de prisa desde temprano, un tráfico que podía agotar hasta al más paciente, los deseos no tan buenos hacia el que iba al lado o adelante, una creatividad para burlar al resto de conductores, a la ley y a las autoridades… jornadas laborales interminables, siempre bajo presión, siempre de prisa, producir, producir y producir. Después estudiar, estudiar y estudiar. Logramos la licenciatura, “necesitamos la maestría”; logramos la maestría, “necesitamos el doctorado”, no importa a qué costo. Necesitábamos el nuevo carro, enganchar el apartamento o la casa, pagar las deudas y para contrarrestar un poco, algo de entretenimiento, un poco más de ruido. Había que cubrir el consumo; por tanto, a seguir produciendo. Dicho sea de paso, siempre “en línea”, siempre “conectados”. Producir, consumir, entretenernos. Y para todo lo demás… apenas quedaba tiempo para algo más. Llegaba la noche y cara a cara con el techo venía la pregunta del millón: y todo esto ¿para qué?

Apareció de pronto un virus que en cuestión de meses golpeó a toda nuestra sociedad. Se llevó ya miles de vidas y ha herido miles tantas más; sembró el pánico y el dolor en las personas, detuvo el comercio, afectó de gravedad a todas las economías; vació las calles, los templos religiosos, las plazas, inmovilizó al mundo entero y nos obligó a recluirnos. Y todo esto, ¿para qué?

Amaneció un nuevo día, nos quedamos en casa y de pronto hay más tiempo. Nos bañamos y la ropa que escogemos es la más cómoda y a la vez, la menos popular de todo el repertorio que tenemos. Con suerte, las mujeres se maquillan y los hombres nos rasuramos. Ni se diga de peinarse. Poco ruido exterior; el tráfico, irreconocible. El trabajo mucho más limitado y menos estresante. Claro está, mucho menos producir, producir, producir. El estudio desde casa a nuestro ritmo; aunque, he de decir, no faltan casos de cargas excesivas para cubrir el contenido de los estudiantes. Menos producir, menos consumir; eso sí, con la tentación de no querer desapegarnos del ruido al alcance del control remoto o de un click. De repente, la vida nos dio un giro. Y en la noche, confrontándonos con el techo nuevamente resuena la pregunta: ¿para qué?

Amaneció otra vez y de pronto valoramos la vida más que nunca, valoramos el tiempo en casa, aunque por la falta de costumbre a veces desespere; valoramos esa convivencia de cada día que ha sido más de lo que tal vez habíamos convivido por semanas, meses o ¡hasta años! Valoramos esos pequeños detalles que antes no mirábamos. Valoramos más que nunca a nuestros seres queridos que a unos kilómetros parecen estar en otro continente y hasta nos conectamos todos desde nuestras casas para no perder ese calor humano de los nuestros. Valoramos a nuestros amigos y aprovechamos a fortalecer el contacto apoyándonos, haciendo conciencia de la situación de todas las formas posibles y por qué no, de reír también con todas las ocurrencias posibles que podamos compartirnos en redes.

Amanece un día más y de pronto nos preocupamos por la salud de nuestros ancianos, buscamos proteger a los bebés y a los niños lo más posible; nos aflige la dura situación que están enfrentando los más vulnerables de la sociedad, buscamos ser solidarios y donar en la medida que nuestra ajustada economía nos lo permite, valoramos más que nunca al personal sanitario y hasta aquellos de los que su trabajo suele ser infravalorado pero que hoy, gracias a ellos, se logra mayor estabilidad dentro de la inestabilidad, como el personal que recoge la basura, quienes trabajan en los supermercados o gasolineras; por decir algunos. Nos duele ver el sufrimiento de quienes han sido contagiados y de los han perdido algún ser querido. Queremos de repente hacer algo bueno por el mundo, sanarlo y regenerarlo.

Vuelve a amanecer y de pronto, nos empezamos a acordar de Dios y a darnos cuenta lo frágil que es el ser humano y la sociedad; casi con naturalidad innata empezamos a orar de nuevo los unos por los otros y, sobre todo, empezamos a establecer una relación personal con Dios, retomamos los diálogos con Él. Empezamos a comprender que, en todas las situaciones de nuestra vida, desde levantarnos y poder respirar hasta tener que encerrarnos, por una pandemia, Dios nos está hablando, nos está amando, nos está purificando. De una forma misteriosa, nos está atrayendo hacia él y vamos comprendiendo que está mucho más cerca de nosotros de lo que creíamos. Vamos conociendo a un Dios tan divino, pero tan humano, con un rostro y un nombre concreto, que nos llama, que nos invita en medio de todo este caos a ver y buscar más allá, a descubrir qué quiere y tiene para nosotros.

Un rayo de esperanza y de fe empiezan a iluminarnos y la visión de la vida y del mundo cambia. Empezamos a interpelarnos sobre las cosas que realmente son trascendentes en nuestro existir: la muerte, la vida, la eternidad, el sufrimiento y el dolor... vislumbramos un nuevo enfoque a la misma pregunta: ¿para qué? Para qué estamos viviendo y desviviéndonos, para qué estamos en este mundo, para qué la huella que estamos dejando en este mundo, para qué ese legado que estamos dejándole a las nuevas generaciones. Dios me quiere ¿para qué?

Hoy amaneció para muchos de nosotros; seremos puestos a prueba de nuevo y solo logrando darle una respuesta a Dios del para qué, habremos logrado cambiar para bien y habremos cambiado parte de este mundo, un metro cuadrado quizá, pero un metro cuadrado más solidario, más caritativo, más agradecido, más feliz, más humano; mañana, si nos vuelve a amanecer, que no haya situación ni virus que nos impida poder responder para qué.